Fragmento / 10 de junio de 2026
Un ratito mas
Cada día el imaginario me juega una mala pasada. Me despierto pensando que estás conmigo, me acuesto sabiendo que no estás, y así, día tras día, noche tras noche.
Sueño que caminamos juntos, que nos despertamos entre besos y el mal humor de una mañana fría, sin querer despegarnos de la cama. Sueño lo cotidiano y lo más grande: que el tiempo que me quede en este plano pueda entregártelo entre risas, anécdotas, recuerdos, asombros, sorpresas, chamuyos baratos que te saquen una sonrisa, particulares besos, particulares mimos; un abrazo que surque el entendimiento del común de la gente, que mirarnos sin decir nada haga que el mundo gire más despacio hasta detenerse en un beso, de esos que duran sin respirar, donde el corazón es una fiesta y solo nosotros dos somos los invitados.
Mi vida se vuelve vida solamente cuando tu nombre se anuncia sin querer, cuando entre el murmullo y el quilombo de Capital me acuerdo de tu risa, cuando recuerdo un “te quiero”, cuando, entre mis fotos del celular, encuentro una tuya y ahí me doy cuenta de que mi vida se vuelve vida y se empiezan a pintar los grises de la ciudad.
Te extraño, ya lo sabés. Incontables veces me encontré delirando entre el humo sobre cómo te abrazaría, cómo no te soltaría, y saber que cada día sin vos se me complica sonreír un poco. No somos amigos, tampoco somos nada, pero al mismo tiempo somos todo.
Me acuerdo de hablarte y decirte que todo va a estar bien, que no importa lo que pase, acá voy a estar, porque no te sé explicar con palabras, con textos, con mi voz, lo feliz que me hace escucharte, lo enamorado que estoy cuando se te cae entre los dedos un te quiero, un te adoro, un te amo.
Me faltan más vidas para buscarte, encontrarte sin saberlo, amarte sin entender por qué siempre, con simplemente escucharte, encuentro un pedazo de hogar, mientras que el otro pedazo lo reservo para tus manos, que me cobijen en un abrazo donde pueda sentir que, no importa qué tan crudo sea el mal, voy a poder y todo va a salir bien.
Sé que soy una interferencia, que quizás mis sueños y deseos no compartan el mismo vagón que los tuyos. Hago el intento de no querer saber el final por miedo, aunque a veces puedo imaginarlo. Entonces escribo, por si algún día dudás de que te amé, de que te amo, y de que haría orbitar a la luna en el sentido opuesto si fuese necesario por vos.
Sé que no me creés, pero no me canso de intentar buscar la combinación justa de palabras para decirte: “sos esto para mí”. Porque creí que la perfección no existía hasta que te vi sonreír, hace muchos años, y pensé que, si de morir se trata, quería que me enterraran en la comisura de tus labios cuando hacés una media sonrisa.
Porque creí que la perfección no existía hasta que te escuché reírte, te vi caminar, te vi y me viste, y ahí entendí que la perfección no es que exista o no: es que redefiniste en mi diccionario el significado de la palabra misma.
Tal vez rompí una regla, o varias. Tal vez me odies, tal vez esto que escribí no te guste tanto. Te pido perdón. La noche llega, el café se enfría y yo estoy sin vos. Perdón, intento ser lo que pactamos. Aunque me cuesta, te juro que lo intento, pero esta es mi manera de arrancarme de la piel las cosas que no puedo decir, las que no puedo vivir, las que no paro de sentir. Es mi manera de sentirte al lado por un rato.
Quizás sea la última carta, así que aprovecho para que no pase desapercibido que, si de algo estoy seguro, más allá del amor que te tengo, es que repetiría una y mil veces el buscarte, en las vidas que sean necesarias. Quizás así, en algún momento, el destino se apiade un poco y me deje sentirte un ratito más en un abrazo, en un beso, en una mirada que habla entre pestañeos, en un silencio a gritos rogando que el mundo se detenga, aunque sea un ratito más.