Fragmento / 28 de mayo de 2026
Un poco menos
El día me pesa un poco menos cuando te escucho, cuando te leo, cuando, a escondidas del mundo y de las calles de la capital, en un rincón del tumulto de gente, busco una foto tuya y sonrío solo. Sonrío como cuando me contás tu día, cómo te fue, qué hiciste, qué vas a almorzar o cenar, si estás bien, si estás feliz. Cuando, entre risas, se te cae un “te quiero”, sonrío y el día me pesa un poco menos.
El día me pesa un poco menos cuando me acuerdo de tu media sonrisa, cuando recuerdo que por unos instantes estuvimos mirándonos entre nuestro silencio y el ruido agudo de la frenada del subte, ese que dejamos pasar incontables veces, queriendo frenar el tiempo, robándole unos minutos a la vida. Viendo cómo el reloj pasaba tan rápido y yo pensando: pará, loco, pará… por favor, dejame cinco minutos más, dejame abrazarla una vez más, dejame darle un beso en la frente antes de que se vaya de nuevo.
Y todo pasaba rápido. Vos hablabas y yo muriendo, muriendo en cada palabra que decías, muriéndome de amor, mientras buscaba sostenerte la mirada, que se me desviaba hacia tu boca infinidad de veces. Cuando me abrazaste y no me soltabas, cuando te sequé las lágrimas y te sostuve la cara, fue un instante, pero pude ver el infinito, el universo entero entre tus ojos llorando. Te abracé, te besé en la frente y te dije que todo iba a estar bien.
Hubo un subte que no pudimos dejar pasar. Se hacía tarde y el tiempo no me dio más tregua. Me senté, te miré, me apoyé sobre vos y, por unas pocas estaciones, sentí que había conquistado el mundo. Sentí que todo estaba bien, que la vida, por un momento, firmó un pacto de paz.
El destino llegó. Te sequé una última lágrima y, entre un chiste y un beso en el cachete, te di la mano una vez más y me bajé sin querer mirar atrás.
El día me pesa un poco menos cuando me acuerdo de que estoy enamorado, pero me pesa un poco más todos los días cuando te extraño. Pero cuando deliro en mil y un viajes que podríamos hacer, en cómo compartir las cosas más cotidianas, donde la rutina se volvería un sinfín de sonrisas, bailes, cocinar juntos, mates, mimos, besos, enojos boludos donde la culpa siempre va a ser mía —porque eso acordamos entre chistes y risas—, quiero que mi hogar sean tus manos, tus abrazos, tu voz llamándome de lejos o hablándome muy de cerca, como aquella mañana en el subte.
Hace años escribí:
Mi sueño es conquistar el mundo.
—¿Y cómo planeás hacerlo?
Invitándote un café.
Volvería, en cada vida y en cada instante, a tocarte el hombro y repetir: