Fragmento / 17 de junio de 2026
La muerte de mi otro yo
Estoy arremetiendo contra el desasosiego que dejaste, discutiendo con mi otro yo muerto si todo fue verdad o si simplemente queríamos que lo fuera. Queriendo robarle segundos a la vida, intentando que el dolor fuese pasajero en alcohol, en cigarrillos, en lágrimas que sollozaban tristes; queriendo que todo muera, que las flores que dejaste se marchiten solas, porque arruinado es poco ante la calamidad de un huracán que pasó para no dejar rastro alguno.
El mundo se detuvo viendo tu espalda mientras subías al auto y te ibas. Eso que creí que hace días podía vivir terminó por irse sin mediar palabra, ante la incertidumbre de si fui yo o fue la vida recordándome que soy el puente ante el caos, ese por el que pasan para llegar a un mejor puerto.
El mensajero que lleva las cartas y ninguna es para él. Así me sentí, así me siento, así lloro hace días, cada noche, mirando el sillón vacío, sabiendo que por un momento, por un instante, no fuimos nada: solo fuimos.
Ya no sé si me duele, si lloro por costumbre, si años me pasaron encima en dos semanas, si volví a repetir un recuerdo, si quise morir o quise saltar para salvarme de mí mismo, de mi cabeza que me atormenta noche tras noche en memorias vagas, en palabras que me decías, en creerte o no, y pensar que no fui, o fui un instante, tus puentes de Madison.
Qué sé yo. Todavía me acuerdo y lloro pensando que solo fui eso, y que no pude darme cuenta a tiempo de que no sané. Diez años vinieron para abrirme una herida que creía haber cicatrizado, pero no: solo duele más, recordándome que no soy, que no fui y que nunca jamás seré.
Me dijeron que es un amor no correspondido, que a todos les pasa. ¿Cómo les explico que lo no correspondido no duele tanto sabiendo que la buscaría unas mil vidas más para matarme de nuevo en una sonrisa suya?
Tengo la cabeza hecha un desastre, la sensación de haber perdido mucho más que una parte de mí, porque me cuesta hablar sin lagrimear un poco, sin darme vuelta y decir: qué feo se ve todo ahora sin vos.
Horrible, repugnante y doloroso el sentimiento de haber perdido algo que no fue amor. Fue eso que nunca quiso ser, por miedo, por creencias erróneas, por cartas marcadas, por algo que nunca supe bien cómo llamarlo, que solo nosotros dos podíamos entender sin ponerle una etiqueta.
¿Fue lindo?
Sí, fue hermoso mientras duró,
mientras me dejaste bailar en la cima un rato con vos.
Escribo sin retorno alguno, mirando los ecos de lo que fuimos por años. Por más intermitencias, siempre fuimos, pero me dejaste en claro, entre abrazos, que no había regreso, que el final se estaba gestando en cada segundo.
Porque así de rápido pasó: años resumidos en semanas, etapas de un duelo nunca vivido, del todo a la nada, de la nada a más nada, porque el todo nunca formó parte.
Me gustaría sentir menos, que ya no me duela nada, que todo se termine, apagar una térmica y que haya un fundido a negro, y que todo sea un sueño de esos malos, de los que te despertás diciendo: “menos mal que fue un sueño”.
Es la parte que me toca: la de pasar solo el acorazado que me azota cuando todo está tranquilo.
Sobrevivieron dos flores. Las puse al lado de la ventana para que se giren con el sol.
Te pido perdón si me acuerdo de vos sin tu permiso;
queriéndote olvidar, te termino pensando,
y otra vez tengo que empezar de cero
En algún momento voy a aprender a convivir conmigo.
Mientras tanto, tocará escribir.
Más fuerte,
más rápido,
más triste.